Sea breve

Por favor, sea breve, dijo… pero la urgencia de sus palabras no disimulaba el miedo agazapado en sus ojos.
Temía que la persona que acababa de entrar en su despacho fuera la misma que lo había llamado hacía seis años y le había dicho: “Algún día, a esta hora, te mataré”. La llamada se reproducía cada día desde entonces y desde entonces su vida sólo era la espera entre dos llamadas. El timbre del teléfono atronó el despacho. El alivio dibujó en su rostro una sonrisa tan fugaz como el resplandor del cuchillo antes de hundirse en su esternón.


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Sueños rotos

Siempre quiso vivir cumpliendo las leyes, las normas. Fue lo que aprendió en el colegio, en su familia. Las normas permitían la convivencia. Cuando no había leyes se imponían los más fuertes y oprimían y explotaban a los más débiles.
La democracia, cuánto había admirado a los países democráticos en su juventud, cuando en el suyo no la había, era el sistema político que consagraba la igualdad de derechos y obligaciones, la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades.
Y conoció la democracia y vivió en democracia y creyó en la libertad y en la igualdad y en el imperio de la ley. Fueron años hermosos, florecientes como su propia vida.
Se casó, tuvo hijos y creía que había conseguido su sueño: tener una familia normal, en un país normal, con una vida normal. Creyó que había logrado su meta: tener un buen trabajo con el que sacar a su hijos adelante, pagar un piso modesto en un barrio modesto, ni muy bueno, ni muy malo, pero algo alejado de aquél en el que había nacido y crecido sintiéndose siempre un poco extraño, como si estuviera allí por accidente.
El sueño se desvaneció un día cualquiera de un mes cualquiera de un año cualquiera, cuando le llamaron a la oficina de su empresa y le dijeron que no volviera al día siguiente, que ya no tenían trabajo para él.
Ese día cualquiera también descubrió que su empresa no había pagado las cotizaciones de la Seguridad Social y que no cobraría el paro.
Primero fue la vergüenza de no poder seguir pagando las clases particulares de los niños o las excursiones del colegio. Después la humillación de pedir prestado a familiares y amigos.
Su matrimonio no pudo aguantar la presión y se derrumbó de una manera tan inexplicable y absurda como si un día la Luna se precipitara sobre la Tierra.
El banco se encargó de arrasar los escombros expulsándolo de su casa, una casa en la que sólo quedaba él: su esposa se había ido con los niños a vivir con sus padres y los muebles y todo lo que tenía algún valor se había convertido en miserables raciones de subsistencia.
Cubierto con cartones el cuerpo y anulado el cerebro con cualquier bebida que tuviera alcohol, se protegía del frío de la noche y del sueño.
El sueño era lo peor, porque cuando se dormía soñaba que todo había sido una pesadilla.

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Malas noticias

El editor lo recibió sentado detrás de su mesa con un gesto en el rostro que el escritor no sabía interpretar. No se levantó y apenas extendió el brazo para saludarlo con una mano blanda que le produjo un rechazo instintivo que se esforzó en disimular.
Esperó de pie a que le invitara a sentarse, lo que hizo después de unos pocos segundos, los suficientes para ser maleducado por segunda vez.
“Esto no puede ir peor”, pensó, “¡quién se creerá que es este patán!”

–Lamento que tengamos que conocernos en estas circunstancias.

–No entiendo…

–Claro, claro –lo interrumpió el editor –. Verá, hace varios meses que recibí su novela. Bueno, usted debe saber bien el tiempo que ha pasado, por supuesto.

Hizo una pausa. Juntó las yemas de los dedos y elevó los ojos al techo.

“Sólo faltaba que ahora se pusiera a rezar”, pensó el escritor; en cuya cara empezaba a dibujarse un mal disimulado enfado.

–No me andaré con más rodeos –comenzó de nuevo –. El caso es que tenía mucho trabajo atrasado y no pude leer su novela hasta hace unos días… Y cuando quise hacerlo me llevé una gran sorpresa. Una muy desagradable sorpresa: el protagonista estaba muerto.

El escritor se puso en pie como un resorte. Su rostro estaba congestionado y los brazos colgaban a los lados de su cuerpo con los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

–Tranquilo, amigo –dijo el editor –. Sé que es un golpe duro, pero se repondrá.

–Devuélvame mi novela –masculló con los dientes apretados.

El editor abrió uno de los cajones, sacó la novela, la dejó encima de la mesa con un gesto de repugnancia y, cuando retiró la mano, la limpió disimuladamente en la pernera del pantalón.

El escritor recogió su novela, la hojeó con las manos temblorosas. Dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta. Justo antes de salir se volvió.

–Es usted un canalla.

–No pude evitarlo –acertó a decir el editor cuando la puerta ya se había cerrado tras el escritor.

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Despertar, de José Vte. García Torrijos

Ya puedes descargar en EBUDE el libro de cuentos y relatos de José Vte. García Torrijos, Despertar.

 

 

 

 

 

 

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Érase una vez la crisis: Recuerdos, de J.S. Camarzana

Recuerdos

-¿Te acuerdas, Julián, de este día hace cuarenta años hoy?
-¿Cómo no me voy a acordar?, ja y pensábamos que se acababa el mundo, eh?. Todos esos avisos de los mayas y Nostradamus y el 21-12-12!!! Todos angustiados, no por eso precisamente, sino por la maldita crisis y nosotros sin un euro en el bolsillo y sin posibilidad de tener un trabajo que te dejara algo en la jubilación.
-¡Qué bueno resultó aquello, muchacho! Para mí que el primer paso fue cuando dictaron esa ley por la que el Fiscal General del Estado no fuera designado a dedo sino por los Jueces y Fiscales. Allí sí que lo hicieron bien. Porque nada más nombrar a Pepe de Fiscal General del Estado empezó a meter querellas a todo aquél que había chorizado en el Poder, antes o ahora, con lo que las cárceles estaban a tope de gobernantes y empezaba a escasear quien dirigiera España.
Además se pusieron las pilas los del Poder Legislativo que ya se había convertido en una sombra de sí mismo pues ni leyes dictaba y fue cuando se aprobaron el nuevo delito de “estafar al pueblo” e “incumplimiento de lo prometido” y la pena novedosa de cadena perpetua y nada de salir a los 30 años ni empezar con los permisos de fin de semana, ni nada. Y ya cuando se lucieron es cuando pusieron a trabajar a los parados mientras les salía un trabajo adecuado para ellos, ya que para eso estaban cobrando.
¡Cómo se quedó España! Éramos el ejemplo de toda Europa y de EEUU. Nunca nadie había tenido tantos arrestos. Desde entonces funciona de todo de maravilla.
¡Y que lo digas Tony! ¡Y que lo digas! Pero vamos para adentro que aquí empieza la rasca y si no nos vamos, los celadores nos meten a la fuerza y es la hora de la medicación.

J. S. Camarzana.

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Érase una vez la crisis: Como todos los días, de José Vte.

Como todos los días

Como todos los días me levantaba a las 7 de la mañana.

Como todos los días me aseaba, me vestía, me tomaba un rápido café con leche, y me preparaba un pequeño bocadillo para el almuerzo de media mañana.

Como todos los días salía de casa, saludaba al vecino con quién coincidía en muchas ocasiones y comentábamos el tiempo que hacía durante el corto trayecto del ascensor.

Como todos los días cogía el coche y al rato llegaba al atasco a la salida de la ciudad, fugazmente nos mirábamos unos y otros, sin saludarnos, pero con la complicidad de quién ya es un conocido a fuerza de verse a diario.

Como todos los días, llegaba a mi puesto de trabajo, saludaba a todos los compañeros y, con algo de pereza al principio, empezaba, un día más, mi jornada laboral.

Hoy y como todos los días, me he levantado a las 8 de la mañana,
Hoy y como todos los días me he aseado, me he vestido con la camiseta y el pantalón de chándal habitual, me he preparado un café con leche, que he tomado lentamente, y he encendido la radio para escuchar las noticias de la mañana
Hoy y como todos los días he despedido con un beso a mis hijas que iban al instituto.
Hoy y como todos los días me he puesto delante del ordenador y para romper la rutina, he decidido escribir este corto relato.

José Vte.

 

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Érase una vez la crisis: Recuerdos, de Tony Jiménez

Recuerdos

Te conozco. Recuerdo tu corbata hortera en la que te gastaste más dinero de lo que valía. Tu traje hecho a medida, pagado con un dinero que de verdad crees haber ganado con tu esfuerzo. Recuerdo tus palabras vacías sobre enormes hipotecas que ni tú podrías cumplir. Tus vacuas promesas a pobres ancianos sobre ahorros a plazo fijo. Recuerdo tu falsa sonrisa, que inspiraba tranquilidad y honestidad a pesar de ser palabras de las que seguro desconoces su significado real. Recuerdo tu impecable lenguaje, adornado con términos que piensas sólo conocer tú; vocablos creados por personas de tu calaña para arruinar a gente humilde y poder dormir con tranquilidad al mismo tiempo. Recuerdo tu altanería, sabiendo que en estos tiempos de crisis asesina de sueños y esperanzas estás en el equipo ganador.

Y ahora te veo. Con tus zapatillas de deporte gastadas por mañanas perdidas de pie en la cola del paro. Con camisetas manchadas por bocadillos baratos devorados con ansía sin saber cuál va a ser tu próxima comida. Con el sonido tintineante de unas pocas monedas en los bolsillos de tus vaqueros roídos. Con tu cabeza gacha, ya agotada toda la arrogancia que pensabas infinita. Usando palabras que en otro tiempo avergonzaban a tus oídos aunque no saliesen de tus labios. Sin el poder ya de escupir pactos sin más contenido que el que tú querías inventar. Te veo mendigar junto a aquellos a los que engañaste para acabar en la caja de cartón de al lado.

Al final, hasta los poderosos caen. Y, ¿sabes? No lo siento. Es lo que espero.

Es lo que siempre recordaré.

Tony Jiménez

 

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Érase una vez la crisis: Vuelva usted el mes que viene, de María José Cádiz

Vuelva usted el mes que viene

Toñi llevaba más de tres cuartos de hora haciendo cola en la secretaría del instituto de su hijo: «Esto me pasa por despistarme y esperar siempre a última hora, si me descuido se me pasa el plazo de solicitud de la beca». Claro, que eso parecía que les había pasado a todos. La mujer miraba el reloj angustiada, si seguía así perdería la cita que tenía con el médico para la revisión de su hija pequeña, y no estaban las cosas para bromas, ya le había costado Dios y ayuda conseguirla, vamos, que poco más, y la revisión de los siete años se la hacen a la niña a los catorce: «Cosas de la crisis señora Huélamo, con tantos recortes estamos desbordados». Recordaba las palabras de la secretaria del Centro de ¿Salud?

Toñi tenía una maldita manía; siempre que esperaba muerta de aburrimiento en un sitio le daba por mirar las caras de los que, como ella, compartían espera, entraban o salían y, ¡oh Dios!, las caras de todos los que se marchaban en aquel momento no le gustaban nada.

Al fin, tras una paciente dilación, llegó a pie de mostrador. El ansia viva inundó su cuerpo e hizo multiplicar por dos su velocidad al hablar.

— Buenos días, venía para solicitar la beca de mi hijo, un poco más y se me pasa el plazo —soltó de carrerilla y a punto de ahogarse.

— Buenos días, ya veo que trae toda la documentación en regla, voy a comprobar el expediente de su hijo, Iván Mateos Huélamo, ¿verdad?

— Sí, sí.

El hombre se apartó de allí y al cabo de un rato volvió con una carpeta y un gesto no muy esperanzador.

— Pues me temo que este año lo de la beca lo va a tener muy mal.

— ¿Por?

— ¿Es que no se ha enterado que ahora las becas las van a conceder por las calificaciones de los chicos? Sí, ya no vale eso de que los sueldos no llegan. Cosas de la crisis, es una forma más de reducir, ¿sabe? Y es que Iván, bueno que quiere que le diga de su hijo que usted no sepa, no es precisamente un buen estudiante.

— ¿Cómo? Entonces ahora aunque su padre gane una miseria y nos veamos con el agua al cuello a final de mes, ¿no tendremos beca?

— Pues me temo que no señora, porque además veo que ustedes no son tampoco familia numerosa…

— Un momento, me acaba de decir que esas cosas ya no valen.

— Bueno sí, pero quizá, si fuesen más de familia algo se podría hacer.

— Pues a mí me parece que la manutención de cuatro personas ya está bien, con esos sueldos de pacotilla —dijo la mujer indignada.

Toñi salió cabreada de allí y, para colmo, ya no llegaba ni de coña al médico con Laurita, se imaginaba la cara de circunstancias de la recepcionista del Centro de Salud: «Lo siento señora Huélamo, pero ya no va a poder ser hasta el mes que viene; cosa de los recortes».

María José Cádiz

 

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Érase una vez la crisis: La cola del desempleo, de Kilili

La cola del desempleo

¡Otro día más en la cola del paro! ¿Y cuántos van ya? ¡Uf, ni los cuento ya! Desde que, la empresa quebró y nos echó a todos a la puta calle… pero, ni un miserable euro nos dio.
Doscientas ochenta y ocho personas a la calle. La inmensa mayoría, casadas y casados con hijos y muchas deudas que pagar. Sin embargo, aquí estamos la mayor parte de nosotros, en la cola del desempleo y… ¡Jugando! (¡Sí, jugar, leíste bien!). Hicimos todos, una promesa; según vayamos muriendo de hambre, se sorteará al muerto entre todos los de la cola. Y aquí estoy…
Esperando a ver si hoy me sonríe la suerte y llevo algo de carne a casa.

Kilili

 

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Érase una vez la crisis: Malhechores, de Ricardo Corazón de León

Malhechores

Estoy cansado, cansado y aburrido. Voy por las calles caminando sin ningún destino final. Vagabundeo con las manos en los bolsillos y dándole patadas a las latas vacías que nadie recoge porque los barrenderos, basureros y demás están en huelga.
Lo que más me cansa es ver siempre los mismos carteles, en todas las casas, es como un mantra, una repetición, una oración… ¡MALDITA CRISIS!

Ricardo Corazón de León

 

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